COLOMBIA Y LA MIGRACIÓN PALESTINA:

ENTRE LA SOLIDARIDAD Y LA LIMITACIÓN

Imagen Migración Palestina

Imagen de Hosny Salah en Pixabay

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Por: Ariana López Murillo

No todos los refugiados cruzan mares; algunos, como los palestinos, cruzan siglos de historia buscando un lugar donde la guerra no los alcance, a veces, a la vuelta de su hogar. Colombia no es la primera opción de los palestinos para la migración, porque no es el país próximo para socorrer a los migrantes. Los palestinos que pueden llegar a Colombia lo hacen porque tienen los recursos para hacerlo o tienen familias que ya estaban establecidas en el país, en este caso, en Barranquilla.

Los palestinos están pasando por un momento crítico en su historia y, como colombianos, aunque quisiéramos darles más oportunidades y refugio, es difícil por la posición geográfica y política en la que se encuentra nuestro país.

Para nadie es un secreto que Colombia es subordinada de Estados Unidos. Tampoco es un secreto que Estados Unidos, en alianza y protección a Israel, no permitiría que uno de sus países “aliados”, como Colombia, permita el refugio y el libre flujo de palestinos hacia el país. Esta es una situación desafortunada, pues las políticas migratorias colombianas (según el Decreto 2840 de 2013 y el Ministerio de Relaciones Exteriores) establecen que toda persona que solicite refugio en Colombia puede recibir un salvoconducto de permanencia gratuito y prorrogable mientras se resuelve su solicitud ante el Ministerio (art. 9).

Es un hecho lamentable que, teniendo esta política, no seamos la primera opción de los refugiados. El economista Pedro de la Puente, de la Universidad del Norte, explica que la situación actual en Medio Oriente no genera un flujo migratorio significativo hacia América Latina ni hacia Colombia, debido a que el país está fuera de esa red migratoria desde hace varios años. En Colombia ya existen comunidades árabes establecidas (cristianas y musulmanas) principalmente en Maicao, Barranquilla y Cartagena. Sin embargo, aunque estas comunidades ya estaban conformadas en el país, no significa que sean el primer destino de aquellos que provienen de las mismas raíces.

La teoría de migraciones del conflicto, expuesta en el libro Escape from Violence de Aristide R. Zolberg, Astri Suhrke y Sergio Aguayo, explica que estas migraciones derivan de las relaciones políticas fracturadas en los territorios afectados. Más allá de eso, se entiende que los refugiados son los síntomas humanos de los conflictos políticos internos y de las fracturas del sistema internacional”, según Zolberg. En ese sentido, el conflicto palestino-israelí representa un claro ejemplo de esta teoría: los palestinos no solo se han desplazado hacia los países fronterizos o más cercanos, como Egipto, sino que además han sufrido el usufructo político de su territorio.

Colombia, aunque no es un país clave para la migración palestina, sigue siendo una opción viable para migrantes y refugiados. Sin embargo, es imposible ignorar que en nuestro propio territorio vivimos una pesadilla similar: las secuelas del conflicto armado interno y la persistente corrupción.

Así, la solidaridad con el pueblo palestino no solo debería ser una aspiración diplomática, sino también una reflexión sobre nuestras propias fracturas sociales y políticas. Porque comprender el dolor del otro, desde la distancia y la empatía, también es una forma de reconocer nuestras heridas y aspirar a una paz más justa y universal.

IDENTIDADES QUE CRUZAN EL MAR:

LOS PALESTINOS EN EL CARIBE COLOMBIANO

Por: Arena Romero Mejía

El calor en Maicao tiene algo de abrazo y algo de prueba. A media mañana, el aire vibra entre los puestos de telas, los perfumes árabes y las voces que regatean precios en distintos acentos. En medio de ese bullicio, Yusef Abumaher levanta la estera de su tienda y saluda con un “assalamu alaikum” que suena a costumbre y a raíz.

Tiene 67 años, la piel curtida por el sol guajiro y una mirada que se pierde a veces entre recuerdos. Su acento no se ha ido del todo; las “r” arrastradas y las pausas largas delatan la tierra que dejó atrás.

“Cuando llegué aquí, no sabía ni donde estaba. Solo sabía que estaba lejos del ruido de las bombas”.

Un viaje sin regreso

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Yusef nació en Belén, en una casa sencilla con patio y olivos. Habla de su infancia con cuidado y cariño. “Allá la vida era muy bonita, hasta que empezó a oler a guerra. Uno aprende a vivir con miedo, pero eso no es vida.”

En 1978, su madre le pidió que se fuera. Le entregó una foto familiar, un poco de pan envuelto en una tela y la bendición de una madre preocupada.

“Me dijo que buscara un lugar donde pudiera dormir sin sobresaltos. Yo no sabía a donde ir, solo que tenía que irme.”

Luego de tanto pensar emprendió su viaje, llegó primero a Jordania, luego a Venezuela. En Caracas escuchó hablar de un pueblo en Colombia donde vivían otros árabes: Maicao. El nombre le sonó extraño, pero fue en ese desierto guajiro encontró algo que reconoció: el polvo, el sol y el silencio de la tarde.

“Cuando me bajé del bus, sentí el mismo calor que en Belén. Pensé que tal vez el desierto no tiene nacionalidad.”

Raíces nuevas

Los primeros años fueron duros. Dormía en un cuarto pequeño que quedaba detrás del almacén donde trabajaba. Aprendió español escuchando a los clientes y repitiendo frases. A veces lo confundían con venezolano, otras con libanés. Nadie sabía de donde había salido ese joven callado con la mirada llena de nostalgia.

Con el tiempo conoció a María del Pilar, una mujer Maicaera de ascendencia Wayuu. “Ella me enseñó a bailar vallenato sin miedo a pasar pena, dijo riendo, y yo le enseñé a cocinar falafel.”

Se casaron, abrieron su propio negocio y tuvieron dos hijos: Sami y Lina, quienes crecieron escuchando vallenato y canciones árabes, comiendo arepa con hummus y aprendiendo a moverse entre dos mundos que no siempre se entienden, pero que en su casa conviven sin conflicto.

En las paredes del negocio están colgadas fotos de su familia, una bandera palestina y un calendario del 2003 que Yusef nunca ha querido quitar. “Ese año abrí mi tienda. Ese año sentí que por fin tenía un lugar en el mundo.”

La tierra compartida

Hoy, cuando el calor aprieta y las calles de Maicao se llenan aún más de polvo, Yusef sale a la puerta con un café pequeño y fuerte. Saluda a sus vecinos, conversa con los pelaos que se paran a pedirle consejos sobre el negocio. Tiene la serenidad de quien ha aprendido que las raíces no se miden en kilómetros.

“A veces sueño con mi madre, con su voz. Pero cuando despierto y oigo la radio sonando vallenato, siento que también estoy en casa.”

En Maicao, los palestinos y sus descendientes son parte del paisaje y la cultura. Abrieron tiendas, construyeron la mezquita Omar Ibn Al-Jattab, una de las más grandes en América latina y tejieron lazos con los pueblos wayuu. Sus hijos estudian en los mismos colegios, hablan el mismo idioma y llevan apellidos que suenan a mezcla.

“Nos miran raro al principio”, dice Yusef , hasta que oyen mi historia. Entonces entienden que todos, de alguna forma, estamos buscando lo mismo: un lugar donde pertenecer.”

Un mar que une

Cuando cae la tarde, Yusef cierra el negocio y se sienta frente a la puerta. Se fuma un cigarrillo y mirando el cielo Maicaero dice en voz baja:

“Mi corazón tiene dos mitades: un en Belén y otra en Maicao. El mar que las separa no me divide, sino que me completa.”

En la calle pasan los motocarros, niños hablando wayuunaiki, un vendedor ambulante ofreciendo verduras y demás. La vida sigue, como un puente entre sus dos mundos.

Yusef sonríe, recoge los últimos hilos de tela y apaga la luz.

“El desierto es el mismo, solo cambió el lado del mar”.

En esa frase breve y luminosa cabe toda una historia, la nostalgia de lo dejado atrás, el peso del pasado y el impulso del comienzo. La travesía de un pueblo que cruzó el mar y encontró, en el Caribe, un lugar para volver a empezar.

BARRANQUILLA, CIUDAD DE UN

NUEVO COMIENZO

Por: Valentina Logreira Nieto

Cuando se habla de migración, solemos pensar en pérdida, desarraigo y nostalgia. Pero en Barranquilla, la historia de los migrantes palestinos demuestra que también puede ser sinónimo de buenas oportunidades. Es entender que pocos fenómenos sociales han aportado tanto a la identidad laboral y cultural de esta ciudad como la llegada de quienes, huyendo del conflicto en su tierra, encontraron en la Arenosa un nuevo punto de partida.

Los palestinos no solo trajeron sus maletas y sus historias, también aportaron una forma distinta de entender el trabajo. El trabajar no se trata solo de una actividad económica o de un medio para obtener ingresos, también es una forma de realización personal, de aporte social y de construcción de identidad o comunidad. El trabajo define gran parte de quiénes somos, pues a través de este encontramos propósito, estabilidad y sentido de pertenencia dentro de la sociedad.

Barranquilla posee un carácter laboral marcado por la creatividad. Su economía ha mostrado un crecimiento constante en sectores como el comercio, la gastronomía y los servicios. Sin embargo, persisten problemáticas relacionadas con la informalidad y la desigualdad en el acceso a empleos formales. Aun así, la ciudad se sostiene en su diversidad y en la capacidad de adaptación de las personas migrantes.

Nacer y crecer en Barranquilla es, para muchos, motivo de orgullo. La ciudad ha dejado atrás aquella imagen del pasado para convertirse en un territorio de progreso y oportunidades. Hoy, Barranquilla no solo crece en infraestructura, sino también en proyección económica. Su transformación urbana y turística ha despertado el interés de inversionistas nacionales y extranjeros, que ven en la capital del Atlántico un lugar estratégico para establecer negocios, generar empleo y dinamizar la economía local. La apuesta por proyectos emblemáticos como el Gran Malecón, el ecoparque de la Ciénaga de Mallorquín y las playas de Puerto Mocho no solo impulsa el turismo sostenible, sino que refuerza una economía basada en la cultura, los servicios y la hospitalidad, pilares que hoy sostienen gran parte del desarrollo barranquillero.

Del Jordán al Magdalena, del
Mediterráneo al Caribe
Foto tomada en el plantón 7 de octubre 2025, Barranquilla

Por: Mariana Hernández Hernández

A las cinco de la tarde, se empezó a llenar la plaza de la paz con colores rojos, verdes, negros y blancos. El sol se fue suavizando con el pasar de los minutos y las banderas del pueblo palestino ondeaban en el aire sostenidos por la brisa que subía desde el río Magdalena. Un grupo muy diverso de personas: estudiantes, descendientes y personas de la diáspora árabe, profesores, miembros de la comunidad musulmana, personas de la comunidad LGTBIQ+, artistas, activistas y simpatizantes de diversas causas sociales acompañaron en este plantón a quienes ellos llaman sus hermanos. La plaza no estaba llena, pero en el ambiente se sentía que algo transformador ocurría.

Con un micrófono compartido los discursos, las historias y las consignas de las diferentes personas se escuchaban y retumbaban en las paredes con un eco que hacía imposible ignorarlas. “Desde el río hasta el mar”. Una consigna que quedó grabada en mi cabeza. ¿Cuál río? ¿Cuál mar? Acompañada de frases como “Palestina vencerá” o “Palestina será libre”.